Salvar vidas quitando minas

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Salvar vidas quitando minas

“Poner una mina es muy sencillo, las más básicas cuestan 3 € y pueden ser colocadas en apenas 30 segundos. El problema es desactivarla. Requiere tiempo, esfuerzo y concentración", explica el brigada Carrasco del CID
"Poner una mina es muy sencillo, las más básicas cuestan 3 € y pueden ser colocadas en apenas 30 segundos. El problema es desactivarla. Requiere tiempo, esfuerzo y concentración", explica el brigada Carrasco del CID.

Cada año, 26.000 personas en todo el mundo mueren o sufren heridas graves causadas por artefactos explosivos. Un drama contra el que España está comprometida activamente desde hace más de 25 años.

En  la idílica serranía de San Lucas, un bello paraje montañoso del extremo norte de la cordillera Central de Colombia,  viven los Pastrana. Esta humilde familia de agricultores colombianos se autoabastece de sus campos de cultivo, de sus gallinas y de lo que la naturaleza le brinda a su alrededor. En este tranquilo entorno, a ninguno de ellos se le escapa que cualquier paso en falso puede significar sangre, amputación y muerte. Bien lo sabe Alfredo Pastrana, el patriarca de la familia. En 1993, una explosión de mina le dejó sin las dos manos, desfigurándole además la cara y quitándole la visión de un ojo.

La historia de Alfredo no acabó en muerte. Sin embargo, Colombia es uno de los países del mundo con más fallecidos por explosión de minas en los últimos años. Desde 1990 hasta nuestros días, son más de 11.000 las víctimas y heridos registrados por este tipo de artefactos. Desde que en la década de los 60 grupos paramilitares y guerrilleros decidiesen sembrar con estos mortíferos artefactos algunas regiones de Colombia, buena parte de la libertad de sus habitantes desapareció. 

Los campos de cultivo quedaron vetados, obligando a muchos campesinos a dejar las tierras en las que se habían criado y emigrar a la ciudad. Los que decidieron quedarse permanecen expuestos a una ruleta rusa que sigue “dando premio” a la inocente población civil, ajena a los caprichos de viejos conflictos.

No obstante, el país cafetero es una simple muestra del gran daño causado a buena parte de la población mundial por las minas y los restos explosivos de guerra. Según datos de la ONU, cada año en nuestro planeta 26.000 personas mueren o sufren heridas graves causadas por los cerca de 110 millones de artefactos explosivos repartidos en 64 países. Un drama en el que España está comprometida activamente desde hace más de 25 años.

Viaje al centro del desminado

En un precioso entorno natural, en el interior del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, se esconden las instalaciones de la actual Academia de Ingenieros del Ejército de Tierra. Tras pasar el pertinente control de acceso y ser guiados durante unos 800 metros por un vehículo militar, nos detenemos en un edificio de tono beis: el Centro Internacional de Desminado (CID).

En su interior, entre expositores acristalados con  minas y artefactos explosivos encontrados en diferentes partes del mundo, nos recibe el Comandante de Ingenieros José Luis Aguado. Con una dilatada trayectoria en desminado humanitario, Aguado es una de las personas más indicadas para explicar las claves del prestigio internacional del ejército español en esta materia. “La principal virtud de nuestro país es la experiencia”, asegura el comandante con rotundidad. Una sabiduría acumulada desde 1999, cuando España se adhirió a la Convención de Ottawa, el tratado sobre la prohibición de minas antipersonales más importante de la historia, ratificado por 40 estados del mundo. 

Una vez que el comandante nos ha puesto al día sobre el origen del CID, nos presenta al brigada Carrasco, otro veterano del ejército de tierra. Abandonamos el edificio guiados por él hasta llegar a un campo abierto en el que los alumnos de los diferentes cursos impartidos en la escuela realizan sus prácticas. “Poner una mina es muy sencillo, las más básicas cuestan 3 € y pueden ser colocadas en apenas 30 segundos. El problema es desactivarla. Requiere tiempo, esfuerzo y concentración. En términos económicos quitar uno de estos artefactos puede suponer un gasto de hasta 3.000 €, por la infraestructura y el personal que implica”, expone Carrasco. 

Jugarse la vida para mejorar la de otros

Sobre la arena, comprobamos ‘in situ’ lo rápido y fácil que se coloca uno de estos dispositivos.  Siguiendo las órdenes de Carrasco, uno de los soldados destacados en Hoyo de Manzanares esconde bajo tierra uno de los artefactos explosivos utilizados para el entrenamiento. Es a partir de esta acción tan fugaz donde comienza el verdadero trabajo del CID. “El objetivo es reducir los efectos sociales, económicos y medioambientales provocados por las minas, es decir, permitir a la población volver a trabajar sus campos de cultivo, poder utilizar sus infraestructuras básicas y realizar una vida cotidiana en sus aldeas sin peligro de sufrir ningún tipo de daño”, afirma  el comandante Aguado.

Para poder alcanzar este  objetivo, Aguado tiene claros los dos factores principales que hay que inculcar al personal del CID: “en primer lugar el conocimiento –con la formación adecuada que permita optimizar los medios humanos-; y en segundo lugar el empleo de herramientas y procedimientos apropiados adaptados a cada caso, basándose en la experiencia práctica”. La preparación es fundamental cuando se trata de jugarse la vida para mejorar la de otros, más aún cuando el trabajo se realiza en países que están en pleno conflicto.

Aguado apunta las enormes dificultades con las que se encuentran durante las misiones de desminado humanitario: “la máxima complicación radica en lugares donde hay guerras, en estos casos puede haber fuerzas hostiles que dificulten el trabajo, como sucedió en algunos momentos en Bosnia y Líbano. Por otro lado, está la complicación del frío y la altura, como ocurrió cuando estuvimos ayudando al ejército chileno, donde algunos campos de minas estaban muy elevados, a unos 5.000 metros de altitud”. No obstante, añade, “uno de los lugares más dificultosos para actuar es la selva amazónica, especialmente en Colombia”, donde continúan colaborando en la actualidad. “En primer lugar, por ser selva montañosa de difícil acceso, y en segundo lugar, porque hay muchísimas minas que son artefactos improvisados, de circunstancia”, concluye.

Para poder superar todas estas adversidades, en el CID se imparten tres cursos internacionales regidos por los estándares IMAS y CEN. Existen tres niveles: Desminador Básico (EOD nivel 1), Instructor de Desminado (EOD nivel 2) y Desactivador de municiones convencionales (EOD nivel 3).

Sensibilizar para prevenir

Para completar el trabajo de desminado humanitario es de vital importancia la formación de la población local en materia de minas y restos explosivos de guerra (R.E.G.). Aguado entiende que “sensibilizar y educar a la población local en el peligro de las minas y los restos explosivos de guerra es fundamental. Una de las tareas que hace el desminado humanitario es esa labor informativa en las escuelas locales sobre los riesgos de estos artefactos. Se les enseña cuáles son las formas, los colores y el lugar donde pueden estar los restos explosivos de guerra, se les indica lo que tienen que hacer: no tocar, no mover, avisar rápidamente a la autoridad local, etc. Es una labor importantísima”.

Con esta tarea de sensibilización se cierra el círculo del desminado humanitario. Una labor en la que España sigue comprometida enormemente, formando año tras año a personal para que realice este tipo de trabajo y así facilitar el desarrollo de la vida cotidiana en los países contaminados por minas. En definitiva, quitar minas para salvar vidas.