Grabado de 1781 sobre la batalla de Pensacola. State Archives of Florida

Gálvez y Gardoqui, dos héroes españoles de la independencia de Estados Unidos

El militar malagueño y el diplomático bilbaíno fueron cruciales para el nacimiento de Estados Unidos. Uno ayudó a los rebeldes en la guerra y el otro con el envío de suministros y dinero.
19/06/2018

La independencia de Estados Unidos dejó grandes personajes para su historia como Benjamín Lincoln o George Washington. Pero no todos sus héroes fueron estadounidenses porque dos españoles se convirtieron en actores cruciales para el devenir de aquella guerra: Bernardo de Gálvez y Diego de Gardoqui.

Al primero, un militar malagueño, le fue concedida en 2014 la Ciudadanía Honoraria de Estados Unidos. Una distinción que solo ocho extranjeros han obtenido hasta el momento. Desde entonces, su retrato cuelga de las paredes del Capitolio y son numerosas las estatuas erigidas en su honor por el país norteamericano.

Mientras, el comerciante y diplomático bilbaíno Diego de Gardoqui cuenta con una estatua en Filadelfia en recuerdo de quien organizó el apoyo logístico y monetario de la Corona española a las tropas comandadas por Washington.

El actual viaje de S.M. los Reyes de España a Estados Unidos, con motivo del tercer centenario de la fundación de San Antonio y Nueva Orleans, vuelve a traer a la actualidad a estos dos personajes decisivos en la historia del país.

De Málaga a Luisiana

Natural de Macharaviaya, una pequeña localidad de la provincia de Málaga, Bernardo de Gálvez (1746-1786) se formó en la Academia Militar de Ávila. En 1764 se embarcó rumbo a América, donde pasó los siguientes ocho años luchando contra los apaches en la frontera norte del Virreinato de Nueva España.​Tras aquellas andanzas en el desierto regresó a España para tomar parte en 1775 en el fallido desembarco de Argel, núcleo central de la piratería en el Mediterráneo.

Dos años después, en 1777, tomó posesión como gobernador de Nueva Orleans y la Luisiana Occidental, que Francia había cedido a España en 1763 en compensación por la entrega de La Florida a Inglaterra tras la Guerra de los Siete Años.

Con el estallido de la guerra de independencia estadounidense en 1779, Gálvez rápidamente decidió tomar todas las plazas inglesas en el río Misisipi para asegurar las fronteras españolas: Poco a poco se rindieron a sus envites emplazamientos como Manchac, Baton Rouge o Mobila. Unas posiciones que a la postre se convirtieron en importantes vías de entrada para la ayuda española a los rebeldes.

El conquistador de Pensacola

Pero si por algo es recordado en Estados Unidos es por la batalla de Pensacola, decisiva para la independencia de Estados Unidos y que fue librada por la Infantería de Marina española. Y es que, con los ingleses ocupados reprimiendo a los rebeldes, Gálvez se dispuso a recuperar los antiguos territorios españoles de la Florida. Y Pensacola era la llave para entrar en la península.

El 9 de marzo de 1781 tomó sin ninguna baja y sin disparos la isla de Santa Rosa. Paso previo para la conquista de la ciudad. Pero el jefe de la escuadra, compuesta por 36 buques, José Calvo, se negó a avanzar hacia el puerto debido al riesgo que suponían las baterías del fuerte de las Barrancas Coloradas que dominaban la bahía.

Parecía una acción suicida, pero Gálvez no vio más opción, arengó a las tropas a arremeter contra el enemigo y se lanzó a llevar a cabo una de las mayores heroicidades de la historia de España.

Gálvez entró en el puerto a bordo de un bergantín de pequeño calado y tan solo acompañado por dos cañoneras y un buque de transporte. Apenas sufrió daños y atrajo el fuego sobre sus barcos, dando opción a que el resto del contingente atravesara la zona con seguridad. Ya en tierra, la fuerza española tomó posiciones y asedió Pensacola. En menos de diez días la ciudad se rindió a los españoles.

A pesar de las pocas bajas que sufrieron los dos bandos (74 españoles y 145 ingleses), la toma de Pensacola fue determinante para la guerra, ya que abrió un nuevo frente a los ingleses obligándoles a destinar soldados y recursos  a la región.

En 1785 el Rey Carlos III le nombró capitán general de las Floridas, la Luisiana y la isla de Cuba. Bernardo de Gálvez murió un año más tarde en Tacubaya (ahora parte de la Ciudad de México), donde se había trasladado con la intención de recuperarse de la disentería que padecía.

Un bilbaíno al servicio estadounidense

Aquellas plazas a lo largo del río Misisipi que Bernardo de Gálvez había tomado anteriormente fueron fundamentales para llevar a cabo la misión que el Conde de Floridablanca le encomendó al bilbaíno Diego María de Gardoqui y Arriquibar (1735-1798): suministrar armas, materiales y dinero a los rebeldes estadounidenses.

Gardoqui era la persona ideal para ello pues se había formado en Londres como comerciante, hablaba fluidamente el inglés, conocía el mundo anglosajón y tenía una compañía familiar, Joseph de Gardoqui e Hixos, que contaba con grandes contactos por toda Europa.

Sin embargo, su primera participación no fue en territorio americano, sino en Burgos, donde el 4 marzo de 1777 hizo las veces de traductor entre el Conde de Floridablanca y el enviado de los insurrectos norteamericanos, Arthur Lee.

El Rey Carlos III decidió ayudar a los sublevados y le confió a Gardoqui el envío de 120.000 reales de a ocho a través de su empresa. Esas monedas de plata eran los spanish dollars, que más tarde sirvieron de inspiración para la acuñación del actual dólar.

Fundador de la primera iglesia católica de Nueva York

Desde el puerto de Bilbao, Gardoqui tejió una red de contrabando que suministró todo tipo de pertrechos a los ejércitos de George Washington: 18.000 mantas, 11.000 pares de zapatos, 30.000 uniformes, 4.000 tiendas de campaña, 215 cañones, 30.000 mosquetes, 30.000 bayonetas, 300.000 libras de salitre para hacer pólvora… Todo por un valor total de 946.906 reales.

Además, la sociedad de Gardoqui también compraba en Holanda barcos y mercancías que enviaba como suministros a Nueva Orleans, pero que en realidad acababan en manos de los revolucionarios americanos.

Tras la firma del Tratado de París y reconocida la independencia de Estados Unidos, Diego de Gardoqui se estableció en Nueva York como encargado de negocios de España. Allí fundó la iglesia de San Pedro, el primer templo católico de “la ciudad que nunca duerme”.

En 1793 regresó a España para ejercer como Secretario de Hacienda. Después presidió la Diputación de Vizcaya y en 1797 fue nombrado Embajador español en Turín ante Cerdeña, donde conoció a Napoleón Bonaparte. Falleció un año más tarde.